De esa preocupación por entender nuestra historia, y en especial por recordarla, nacía la necesidad de homenajear a las víctimas del bombardeo que tuvo lugar en Torrevieja hace 79 años. Una mirada al ayer que se hace con ternura, pensando en cada una de las personas que perdieron la vida entonces. Así, el pasado viernes 25 y de la misma forma que se lleva haciendo desde que este equipo de Gobierno llegó al Ayuntamiento, rompiendo con el silencio instaurado hasta entonces, se realizó un homenaje institucional a las personas que fallecieron aquel día de 1938.
En un acto cálido y discreto, el alcalde, José Manuel Dolón, colocó en el acceso al recinto portuario (lugar donde cayeron algunos de los proyectiles) un ramo de 19 rosas blancas con el que se pretende no dejar en el olvido “un acontecimiento histórico, muy triste y muy doloroso para muchas familias y para muchas personas” –apuntó el alcalde–.
El primer edil recordó que desde que su equipo accedió al Ayuntamiento  decidió “recuperar para la memoria de nuestra ciudad y de toda España ese acontecimiento que durante años han tratado que quedara en el olvido. Allí hubo dos muertes –ha asegurado–, la primera la del bombardeo y la segunda el interés denodado en que esa página de nuestra historia no trascendiera, no fuera conocida ni tuviera testimonio de aquel momento”.
También se mencionó la intención del equipo de Gobierno de levantar un monumento conmemorativo, aunque la prioridad sea “la restitución y recuperación de la memoria histórica para que el acontecimiento esté en la memoria de todos los torrevejenses, para que sea un acontecimiento que nadie pueda obviar ni olvidar”.

La ciudad de Torrevieja no fue durante el desarrollo de la Guerra Civil un punto de importancia táctica o militar, pero al encontrarse entre las portuarias ciudades de Alicante y Cartagena estuvo en más de una ocasión en el punto de mira de la aviación sublevada.
A lo largo de la contienda, su fisionomía cambió ligeramente, convirtiendo, por ejemplo, las instalaciones de Las Salinas en una fábrica de sacos, utensilios de guerra varios y –según se pensó entonces– material explosivo; o transformando el antiguo chalet de Doña Sinforosa en un hospital del Socorro Rojo Internacional. Más allá de esos pequeños cambios, la radiografía de Torrevieja durante los años de batalla continuaba siendo prácticamente la misma. Se trataba de un punto urbano de carácter civil y sin interés estratégico para ninguno de los bandos.
El 25 de agosto de 1938 amanecía soleado en Torrevieja. Muchos torrevejenses, pese a los bombardeos que tenían lugar desde el inicio del verano, salían a la calle para disfrutar de la playa, el buen tiempo y muchos otros para ir al mercado con sus cartillas de racionamiento. Nada hacía presagiar lo que pasaría horas después, puesto que hasta la fecha todos los bombardeos que habían tenido lugar en la localidad habían sido efectuados de madrugada y con una repercusión menor. Un aura casi de ficción envolvía tales antecedentes. En buena medida por ello, cuando los primeros aviones de  la aviación italiana comenzaron a sobrevolar las orillas de Torrevieja muchos vecinos no sabían si se trataba de fuerzas amigas o enemigas.
En un primer momento sobrevolaron la ciudad y continuaron hacia el sur, lo que hizo pensar a los vecinos que para bien o para mal debían dirigirse hacia Cartagena. Lo que no podían imaginar es que minutos después esta escuadra italiana viraría.
Muchos habían madrugado aquel día. El Regimiento Naval hacía ejercicios de gimnasia frente la plaza de Oriente, otros hacían cola en la pescadería situada al comienzo del paseo de Vista Alegre, multitud de bañistas disfrutaban de la calma del Mediterráneo a orillas de la playa y en general las calles estaban llenas de personas que disfrutaban de aquel jueves de finales de agosto. Pasadas las diez de la mañana, los torrevejenses vieron aproximarse y pasar de largo una serie de aviones y creyendo imposible un ataque diurno, no se escondieron ni corrieron a los refugios. Por ello, cuando los aviones italianos dieron media vuelta y comenzaron a descargar sus proyectiles se encontraron una población civil indefensa y desprevenida.
Las primeras bombas explotaron en aguas interiores del puerto cerca del dique de Levante, creando enormes columnas de agua que quebraban los veleros anclados. Algunos de ellos llegaron a hundirse debido al impacto de la metralla. La playa se envolvió en una densa cortina de arena que acorraló a multitud de personas. Pero lo peor estaba por llegar: los aviones invadieron el casco urbano y dejaron caer gran cantidad de explosivos sobre la pescadería del paseo, sobre la glorieta Don Pedro Lorca, así como en la plaza de la Ermita, la calle Apolo o Caballero de Rodas. En menos de medio minuto se lanzaron 40 bombas torpedín de 100 kilos y 20 bombas incendiarias de 20 kilos. Una última bomba rubricaba el atentado impactando sobre la fábrica de la luz, en la calle Ramón Gallud.
Una densa columna de humo y cientos de gritos siguieron al ataque mientras los cinco aviones italianos se alejaban envueltos en la impunidad que el aire y la naturaleza civil que su objetivo les brindaba.